domingo, 5 de diciembre de 2010

negro barandal


Dos horas más tarde pude dormir. Creo que soñé algo parecido a un chocolate o un pastel, lo comí y después de un zarpazo de nuevo sobre la cama. Pensaba en la prima Tania que después de ver la peli no dejo dormir hasta que comentara como fue que llego hasta aquí. Aquí es el planeta tierra, esa esfera de colores azules, verdes y amarillos que ve uno en películas como odisea en el espacio. Detesto cada vez que hace eso, llega el verano al que por acá se le dice vacaciones. Ella mi prima y su carro de niña rica llegan a casa, y con el calor infernal los lamentos de mi madre se ven cerca. Mi madre se molesta porque no puede ser igual de candente a mi prima, hija de la tía Úrsula. Papa desde la habitación se prepara con la mejor colonia haber si este año es el de su suerte y se va con la prima Tania; por lo tanto, se desencarga de mi madre, de mi abuelo, del perro sucio que mama cree uno más de nuestra distinguida familia, y por supuesto de mi, que busco el escondite más seguro en la cabaña del patio trasero; me fumo un cigarro e intento pasar lo mas desapercibido.
Una leve corriente de viento hace mover la cortina que da al patio, el sol intenta sin éxito adueñarse de aquel espacio libre de cortina, para cuando cree que es dueño del pedazo de ventana y piso, saz llega mi prima y me invita a pasear por la rivera del rio. En medio de la caminata recordé la escena del comedor. Pasaba mi mano por el barandal del rio, mis dedos poco a poco fueron tornándose manchados de un negro barandal, Tania es hermosa, ahora me doy cuenta que me interesa. Sus piernas largas y doradas, falda tan corta como la posibilidad de que por instante la cortina se detuviera y dejase dominar su eterna sombra por el sol, sus ojos azules como el cielo. Estas tierras ardientes y conspiradoras. Luego de varias cuadras de camino nos detuvimos, y mi prima supo que mis ojos tenían el brillo de la estela luminosa que se extendía por el rio desde la plazuela en el centro del parque hasta nuestros pies al otro lado del pueblo. La bese, luego me rechazo, en otra oportunidad me acepto. Su boca es tibia mejor que me lo imaginaba, su lengua filosa, de esas que cogen la tuya y le dan dos vueltas. De nuevo en casa me sentí en la mayor representación del alivio. Mi madre sirvió pavo, mi padre durmió mientras el abuelo decía la historia del aquel verano en el cual él y su amigo Duncan pusieron ese mismo barandal, que hoy sirvió para que mis ojos fueran la escusa para poder dormir con mi prima en la cabaña del patio.

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