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Y se puso un blanco las doncellas en el pecho, un ruido presentaba una molestia cegadora en el auditorio, la mujer del piano, entaconada y con sortijas en los dedos se preparaba para hacer de su trabajo melodía. No entendíamos para entonces que eran las once, hora de la dormida, llegaba y se incorporaba en el cuerpo algunas noches con las gotas caídas del cielo oscuro, explicito entonces y con las mareas del norte que venían cerca del anuncio de la llegada de las primeras notas. La dama toca y el auditorio se estremece por la ridícula cercanía, por la perfección de las piezas, compartiendo escenario con el ronquido de monseñor, y la mujer de los boletos cobrando el dinero de la entrada a los amigos de la pianista. Del fondo en una mesa que se servía aguardiente, un hombre flaco más bien torpe se pone de pie y emprende camino por el medio de la muchedumbre, que con el aroma dulce del alcohol se balanceaba con discreta paciencia y cuando se encontró frente a la tarima, saca su pistola y propicia dos disparos a la mujer en el estrado. Una de las balas dio en el piano, el otro, en una silla cercana a la pianista, en la cual se sentaba hidalguiño que con una mirada tumbo a Juan dormido sobre el piso. Al pasar el tiempo, todos los que vivían en el condado, robaban una mirada a la marca de gaseosa espesa que dejo Juan, hombre que fue tirado como una bestia maligna con tan solo la mirada de hidalguiño, morador del condado, extraño, y espectacular suceso que trajo consigo a el mito. Las doncellas con sus vestidos un poco pomposos y con ese blanco en el pecho, tras el hecho, se dejaban observar por hidalguiño de pies a cabeza, usaban perfumes de nombres europeos, galanteando en sus caballos los domingos, tomando té helado, granizados de café, y el producto interno bruto alemán estaba desvalorado, en Francia las gentes se levantaban por la decisión de conceder las pensiones a los sesenta y dos años, fariñas no come hasta que no liberen a los presos políticos en cuba. Ernesto siente nostalgia por no poder hacer nada. El ruido se fue del auditorio con su molestia cegadora, con Juan, se dedico a estudiar en una universidad en la capital, el ruido eso sí, Juan no tuvo más que dedicarse a trabajar en un súper mercado de cadena, vendían muchos productos, entre ellos la línea azul de pantalones americanos. Esos nacieron en el condado, luego viajaron igual que Juan, pero estos para el extranjero, allí hicieron diferentes posgrados intensivos y se les fue puesto cada diploma sobre sí mismos. Regresaron al poco tiempo y se dedicaron a venderse, a cualquiera por un precio tan alto como la señora entaconada, que murió ese mismo día, en el auditorio, por un estrés que se le paso al corazón, deteniéndolo y dejándola dormida, a la señora para siempre.
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